UN MUNDO SIN CUENTOS

GÉNERO: NOVELA

AÑO: 1999

EDITORIAL: HUERGA & FIERRO

SINOPSIS

 

Leer Un mundo sin cuentos es como contemplar una pintura impresionista. Su autor, a lo largo de cada capítulo, va dando certeras pinceladas acerca de la vida de los personajes que, contempladas desde la distancia, configuran una historia sólida y coherente. La novela arranca con la siguiente frase pronunciada por el protagonista: Hubo un tiempo en el que todos éramos tan buenos mintiendo como Billy Corgan escribiendo canciones. A partir de ahí, los capítulos se suceden como vertiginosas polaroids cargadas de realidad y de nostalgia. Todos los personajes del libro dirán una mentira o, simplemente, prometerán algo que no cumplirán. Será el protagonista y narrador de la novela el encargado de decir la mentira más ostentosa de todas: Os prometo que me ocuparé de que todos vuestros sueños se acaben cumpliendo. En las páginas de Un mundo sin cuentos conviven perfectamente el romanticismo y la crudeza, y se vislumbran ya nítidamente los elementos más distintivos de una voz literaria muy fuerte y personal.

 

Un jurado, presidido por José Manuel Caballero Bonald, decidió otorgar el Premio Gustavo Adolfo Bécquer de Literatura Juvenil 1998 (posterior Premio de Narrativa Andalucía Joven) a esta opera prima de Francisco Daniel Medina, destacando los siguientes aspectos de la misma: ‘Brillantez del comienzo y un impecable dominio estilístico que sorprendía en un autor de su edad y en una ópera prima’.

 

 

PRIMERAS PÁGINAS

 

Capítulo 1.

 

         Hubo un tiempo en el que todos éramos tan buenos mintiendo como Billy Corgan escribiendo canciones. Recuerdo que, en una ocasión, Ulises me dijo que un día no muy lejano iba a hacer algo que le haría tan grande que todos los demás tendríamos que subirnos a la cima de una elevada montaña para poder mirarle de frente a los ojos. Inmediatamente después de decirme eso, Ulises sacó la cabeza por el hueco de la ventanilla del coche y dejó que el fuerte viento le acariciase el pelo; luego, volvió a introducirla y le dio un generoso trago a la lata de cerveza fría que llevaba colocada entre sus piernas. Yo iba conduciendo muy rápido, y no sé por qué pero, por unos instantes, un par de segundos tal vez, sentí unos deseos enormes, casi incontenibles, de dar un volantazo y estrellar el coche contra uno de los pinos que se erguían majestuosos a ambos lados de la sobria carretera; en vez de eso, proseguí tomando una curva detrás de otra, definiendo con mi coche la retorcida trayectoria que la delgada línea central de color blanco que partía la carretera en dos me iba indicando; en definitiva, conseguí que mi parte más socialmente loable y racional volviera a imponerse sobre mi parte más desenfrenada e impulsiva.

            Ulises, en realidad, no se llamaba así; se llamaba Mario, pero le llamábamos Ulises porque había leído no sé cuántas veces el Ulises de Joyce. Llegaba a la última página y volvía a empezar por la primera, y así sucesivamente: era como si en ese libro de James Joyce estuviesen contenidas todas las historias del mundo, como si para él leerlo significase leer todas las historias que ya habían sido escritas y las que aún estaban por escribirse. Recuerdo que  en una ocasión le pregunté sino se cansaba de leer tantas veces la misma obra. Él me contestó que cuando releemos un libro, aunque ya lo hayamos leído un centenar de veces, nunca estamos leyendo el mismo libro de la vez anterior, ni tan siquiera uno que se le parezca. La verdad es que en aquel momento no le hice demasiado caso, pero, con el tiempo, descubrí que Ulises no estaba diciendo ninguna tontería.

            Patricia, por su parte, me dijo que se había quedado embarazada, y fue capaz de mantenerlo durante toda una semana, y además todo aquello le pareció muy divertido. Al cabo de la semana, cuando por fin estimó oportuno desmentirlo, me dijo:

            -Ahora estoy  completamente convencida de que me quieres de verdad.

            Aquellas palabras salieron de su boca acompañadas por una bocanada de humo, la última que pudo arrancarle a aquel cigarrillo rubio que, seguidamente, se apresuró a aplastar contra el fondo frío de un cenicero de cristal. Por un momento, tuve la certeza de que si aquellas palabras suyas se hubiesen convertido en algo corpóreo,  sólido, algo tangible que tuviese color, se habrían convertido, sin lugar a dudas, en afilados alfileres azules: alfileres azules abriéndose paso a través de una atmósfera espesa y caldeada por el humo del tabaco rubio.

            Por lo que respecta a Ezequiel, él tampoco se quedó corto, ni mucho menos. Un día se introdujo la mano en el bolsillo de su cazadora y sacó una pistola. Me la enseñó con una sonrisa dibujada en los labios, como si fuese un delicioso pastel de manzana y los dos llevásemos un par de días sin probar bocado.  Luego me prometió que nunca iba a utilizarla. La verdad es que nunca supe cómo consiguió la pistola: pudieron dársela, pudo haberla robado, o tal vez la encontrara  envuelta en papel de periódico encima de uno de los bancos de madera color verde del parque; no lo sé, pero, de todas maneras, pienso que la procedencia del arma es lo que menos importa; lo verdaderamente importante es el daño que hacen los disparos, un daño que por desgracia es la mayoría de las veces irreparable.

            Ulises, Patricia y Ezequiel eran, como habréis podido comprobar, verdaderamente buenos con las mentiras; sin embargo, fue a mí a quien le tocó decir la mentira más grande y ostentosa de todas:

            -Os prometo que me ocuparé de que todos vuestros sueños se acaben cumpliendo.

 

 

 

Capítulo 2.

 

            Ahora ya sólo nos faltaba conocer quién se escondía verdaderamente detrás de aquel escueto anuncio en las páginas del periódico, concretamente en la sección de trabajo. De momento, poseíamos algunas pistas, pero eso aún no significaba ser el dueño de  ninguna llave que abriese nada:  mujer anciana busca asistenta que realice las tareas domésticas. Horario y sueldo a convenir.

            La verdad es que el anuncio era un poco ambiguo; no se especificaban en él ni el horario ni el sueldo. Pensé que tal vez no se especificaban, no tanto por una intención de dejar tales condiciones al mutuo acuerdo entre las partes interesadas (como parecía desprenderse de su tenor literal), sino porque de haberlo hecho nadie habría marcado aquellos números solicitando ese empleo. Yo siempre he sido así de mal pensado e iba constantemen­te con la mosca detrás de la oreja; Patricia, en cambio, se fiaba de todo el mundo y era partidaria de la idea de que toda la gente tiene buenas intenciones mientras que no se demuestre lo contrario. Yo pensaba que era justamente al revés.

            Patricia levantó la cabeza del periódico y me miró fijamente a los ojos. Me dijo:

            -Tengo una especie de corazonada.

            Le pregunté de qué se trataba y ella me contestó que tenía la sensación de encontrarse muy cerca de lo que andaba buscando, justo a la distancia que mediaba entre nosotros y aquella cabina de teléfonos que estaba situada en la otra esquina de la calle.

            Patricia tenía unas ganas enormes de encontrar trabajo, y no es que lo necesitase a toda costa -al menos no tanto como otra gente que ponía muchísimo menos empeño que ella en su consecución-, porque sus padres le daban bastante dinero y ella tenía prácticamente todo cuanto se le antojaba: dinero para ropa, discos, libros, para salir los fines de semana. Lo que ocurría es que ella siempre solía decir que todas las cosas sabían muchísimo mejor cuando era uno mismo el que se encargaba de mezclar los ingredientes. Es curioso, pero a mi madre, en cambio, siempre la había oído decir lo contrario:

            -¡Me paso tantas horas encerrada en la cocina preparando la comida que al final incluso acabo perdiendo el apetito!

            Patricia se introdujo la mano en uno de los bolsillos del pantalón, sacó unas monedas y se apresuró a introducirlas en  el interior de la ranura. Mientras lo hacía, yo la observaba detenidamente, y tuve la sensación de que aquellos números significasen para ella la combinación secreta que abría la caja fuerte en la que se hallaba celosamente guardada la solución a sus problemas. No estoy del todo seguro, pero pienso que lo que la movía principalmente era el hecho de que ella siempre identificó ganar su propio dinero con romper lazos de dependencia con sus padres; y debo reconocer que en ese aspecto yo estaba totalmente de acuerdo con ella, porque mientras que los padres te estén dando dinero, no van a dejar de exigirte que seas exactamente como ellos quieren que seas; más tarde, te lo van a seguir exigiendo de igual modo, pero al menos tú ya no tienes esa sensación constante de deberles todo cuanto posees.

            Patricia estuvo hablando por teléfono aproximadamente tres o cuatro minutos. Durante el transcurso de la conversación, me dio una dirección que yo anoté en un pequeño bloc con la pasta verde oscura, igual que la hierba de un lugar muy sombrío. Luego habló un poco más, colgó el teléfono, y, seguidamente, me agarró fuerte la cabeza, me sonrió y me besó en la boca.

          -Has visto qué sencillo cariño. Ya casi se puede decir que el trabajo es mío-. Hallándonos ya fuera de la cabina, Patricia se colgó de mi cuello flexionando sus piernas que quedaron suspendidas en el aire y casi me tira al suelo. Una mujer mayor que se estaba introduciendo en la cabina en ese preciso instante, se nos quedó mirando y sonrió, probablemente rememorando un tiempo pasado en el que ella también se colgaba ágilmente del cuello de su chico y balanceaba sus pies en el aire, del mismo modo en el que Patricia lo estaba haciendo ahora-. He quedado en pasarme por su casa a las siete.

            Cuando me soltó y terminó  de hablar, le dije que aún no era, a mi modesto entender, el momento más apropiado para ponerse a cantar victoria, que aún no debía ser demasiado optimista, porque, cuanto más arriba se subía ella, más trabajo me costaba a mí luego volver a levantarla. Patricia era así, pasaba de un estado de ánimo al opuesto de una manera asombrosamente vertiginosa: de repente estaba tan contenta como si estuviese cabalgando a lomos del arco iris e, instantes después, tenías que andar consolándola porque cualquier nimiedad la había hecho llorar igual que si fuese una cría pequeña.

            -Esta va a ser la última puerta a la que vamos a tener que llamar. Estoy absolutamente convencida. -Ya la habían rechazado en unos cuantos sitios (tiendas de ropa y cosas por el estilo), porque en ese momento tenían justo el número de chicas que necesitaban, y en una tienda de vestidos de gitana en la que le dijeron que se podía incorporar inmediatamente, no le interesó aceptar porque quedaba tan lejos de su casa y le pagaban tan poco que prácticamente se iba a gastar el sueldo en el transporte, porque además tenía el turno partido así que iba a pasarse el día entero en el camino.

            -Yo no estoy tan convencido de que ésta sea la última puerta a la que tengamos que llamar -repuse. Íbamos cruzando la calle por el paso de cebra. Patricia se adelantó un poco, se dio media vuelta, y se colocó delante de mí, permaneciendo inmóvil e interrumpiéndome el paso.

            -¿Acaso no crees que valga lo suficiente como para que alguien deposite su confianza en mí, es eso? -Ahora ella me miraba con una expresión diferente. Se había quitado la máscara de vámonos a celebrarlo y se había colocado una más apropiada y oportuna para aquel momento, con la que se podía leer en su rostro algo del estilo a: tal vez mi chico no confíe lo suficientemente en mí.

            -Créeme, Patricia, no se trata de lo que tú seas capaz de ofrecer -le dije-, eso no lo pongo en duda, sino de que lo que te ofrezcan se parezca, aunque tan sólo sea de lejos, a algo que pueda ser aceptado -. Oímos el lacerante sonido de varios claxon y continuamos la marcha. -Lo que te quiero decir es que si piensas que yo voy a dejar que tú te alistes a construir las pirámides de Egipto, vas lista, porque no te pienso dejar que coloques ni la primera piedra.

            -Eso de que te preocupes por mí está muy bien y me gusta, pero tú mejor que nadie, debes saber que yo no me he caído de ningún árbol y que no voy a dejar que me exploten por una miseria. Ya viste lo que pasó con lo de los trajes de gitana; no me pareció un buen trabajo y no tuve el menor reparo en rechazarlo.

            Patricia se había citado con aquella mujer a las siete. Aún faltaba una hora y media y teníamos que rellenar ese tiempo de alguna manera. Yo tenía mucha hambre; bueno, en realidad, yo siempre tengo mucha hambre, incluso inmediatamente después de haber comido. A Patricia le daba mucha rabia que yo estuviese todo el santo día zampando y que apenas engordase; la verdad es que ella también estaba muy delgada, pero no le bastaba con eso, quería estarlo más aún. Hubo un tiempo en el que el peso se convirtió para ella en algo obsesivo, hasta el punto de que apenas comía, y, cuando lo hacía, no comía más que ensaladas y pescadito a la plancha. Un día fuimos al hospital a donar sangre y no la dejaron hacerlo porque le detectaron un poco de anemia. A partir de entonces, Patricia se asustó un poco y comenzó a comer de todo de nuevo. A mí me dolía la boca de decirle que quería a mi Patricia, con todos sus defectos y virtudes, y no a uno de esos saquitos de huesos que salen por la tele recorriendo patosamente una pasarela y que tienen constantemente un pie puesto en el mundo de los vivos y otro en el de los muertos por inanición. ¡Además, que diablos, si es que no estaba gorda!

            -¿Por qué no entramos a algún sitio a comer algo? -le dije-, aún falta una hora y media para las siete y la casa de esa mujer queda cerquísima de aquí.

            -Tú como no -me respondió Patricia empleando un tono de voz visiblemente jocoso-, tú, como siempre, pensando en la comida.

            Nos sentamos en una mesa situada en el interior de uno de esos establecimientos donde te sirven unos bocadillos muy largos y famélicos. Las paredes que daban a la calle eran de cristal y, al poco rato de estar sentado allí dentro, ya me había arrepentido de haberlo hecho, porque me sentía igual que si fuese un maniquí expuesto en un escaparate; yo le daba ambiciosos bocados a mi bocata y, mientras tanto, la gente que pasaba por la calle, me miraba como si estuviese en un cine de verano y la película se titulase: quizá llenando tu tripa consigas olvidarte de que vives en una ciudad sin oportunidades.

            Comimos rápido y nos marchamos de allí (no me entusiasmaba demasiado la idea de formar parte del reparto de una película con un título tan largo y desafortunado). Me comí mi bocata y parte del de Patricia: ésa es una de las ventajas que tiene comer con tu novia.

            La dirección que le habían dado a Patricia no quedaba muy lejos de donde estábamos, así que cuando salimos de aquel improvisado plató, nos sentamos en uno de los bancos del pequeño parque que había justo enfrente. Los dos estábamos realmente impacientes por conocer a la anciana que se ocultaba detrás de aquellas letras de imprenta.

             Estuvimos un rato sentados en aquel banco, charlando. Nos comimos un paquete de pipas Kelia sin sal (las pipas Kelia sin sal son mis favoritas), y, cuando faltaban aproximadamente diez minutos para las siete, nos dirigimos hacia la casa. Le pregunté a Patricia por qué no se había citado con la mujer inmediatamente después de la conversación telefónica y así no habríamos tenido que estar haciendo tiempo. Patricia me respondió que la mujer le había dicho a las siete, y que si le había dicho a esa hora y no a cualquier otra, habría sido por algo.

            Mientras caminábamos hacia la casa, Patricia me dijo:

            -Ser puntual es siempre un punto a favor de cualquiera, una buena tarjeta de presentación.

            Patricia tenía razón. Además, no se puede ir por ahí desperdiciando puntos porque un solo punto es capaz de resolver un encuentro.

            La mujer vivía en una vieja casa mata. La fachada de la casa era blanca, un blanco grisáceo, y el tejado, asediado a diario por el peso de los rayos del sol, tenía un pálido color anaranjado.

             Patricia llamó al  timbre; a los pocos segundos, la puerta de la casa se abrió y apareció  tras ella una mujer que, a juzgar por su aspecto, debía rondar en torno a los sesenta y pocos años. Tenía el pelo largo y blanco, un blanco también grisáceo, como el de la fachada de la casa. Era una mujer alta y delgada como una cuchilla.  

            -Tú debes de ser la joven que llamó esta tarde preguntando por lo del asunto del trabajo- le dijo la mujer con una sonrisa en los labios. Se trataba de una sonrisa espontánea y natural. No se trataba, en absoluto, de una de esas sonrisas forzadas cuya falta de sinceridad se atisba a miles de leguas de distancia.

            -Sí, señora, yo soy la joven que telefoneó esta tarde -respondió Patricia recalcando las eses de una manera que a mí, personalmente, me repateaba. Cuando habló por teléfono, poco menos de dos horas antes, hizo exactamente lo mismo-. Mi nombre es Patricia y éste de aquí es mi novio, Alfonso.

            -Encantado de conocerla- dije, después de que Patricia me presentara. La mujer también se presentó, se llamaba Amalia. Resultaba una mujer muy agradable a primera vista. Tenía una voz dulcísima y una encantadora sonrisa. En fin, era una de esas personas a la que jamás se te hubiese pasado por la cabeza ofrecerle el papel de bruja mala en una obra que tratase acerca de un puñado de enanitos y de un montón de manzanas buenas y una podrida.

            Amalia nos invitó a que pasásemos al interior de su casa.

            Con lo primero que te topabas al atravesar la puerta de entrada de la casa, era con un pasillo muy estrecho a la derecha del cual había una escalera muy larga cuyos peldaños iban quedando ocultos, conforme ascendían, en el apaciguante seno de una oscuridad absoluta. Al fondo del pasillo había tres puertas; una justo enfrente de la puerta de la calle, y las dos restantes, una a cada lado. La mujer abrió una de las puertas, concretamente la situada en el lado izquierdo del pasillo, y nos dijo que pasáramos.

            Estábamos en el salón. Puede que parezca que estoy exagerando un poco pero, en aquel salón, había tantos muebles y tantos objetos de madera que lo primero que me rondó la cabeza una vez dentro fue que aquella mujer mayor y todo lo que estaba sucediendo en el Amazonas con los árboles guardaban una relación muy estrecha.

            -Sentaos, por favor, estáis en vuestra propia casa.

            Patricia y yo nos sentamos en el sofá y la mujer se sentó en uno de los sillones. Inmediatamente después, ellas comenzaron a hablar acerca del trabajo; la una a exponer detalladamente las condiciones del mismo, y la otra a alardear acerca de sus incontables habilidades y de su indiscutible aptitud para el desempeño eficaz de las tareas requeridas. Yo, mientras  tanto, con la indiferencia propia de quien asiste a una reunión o negocio exclusivamente como acompañante de una de las partes verdaderamente interesadas e implicadas, preferí centrar mi atención en todos aquellos objetos curiosos que se hallaban repartidos por entre las dependencias del enorme mueble de madera que, ubicado frente al sofá, se levantaba, sólido y firme como una montaña, desde el suelo hasta el techo, extendiéndose de un testero a otro del salón.

            En una de las dependencias del mismo, había una fila formada por cinco elefantes dispuestos de mayor a menor que se cogían unos a otros las colas con sus trompas. Eran unos elefantes preciosos, de madera, y una generosa capa de barniz les hacía brillar intensamente, como si acabasen de emerger del fondo de las aguas cristalinas de un río. Justo encima de éstos, había una sirena de bronce que se hallaba recostada sobre una base de mármol. Tenía el codo apoyado en el frío mármol y con la mano se sujetaba la cabeza, en un gesto que le confería cierto aire meditabundo. En el frontal de la base que la sostenía había una pequeña placa plateada con forma rectangular en la que habían sido grabadas unas letras. Desde donde yo estaba, me era imposible leer aquella inscripción, así que opté por dirigir la mirada hacia el otro extremo del mueble, concretamente hacia donde se encontraban ubicados aquellos guerreros de madera rojiza que sujetaban en una de sus manos un escudo y en la otra una lanza. Y justo cuando me disponía a apartar la vista de aquel coloso de madera, tuve la sensación de haber estado antes  en aquel lugar, con aquellos mismos guerreros color caoba mirándome fijamente a los ojos, tuve la sensación de que aquel instante recién transcurrido no era nuevo sino un fidedigno reflejo de otro instante previamente vivido. Probablemente no se tratase más que de una de esas jugarretas que frecuentemente nos gasta nuestro complejo cerebro.

            Aparté finalmente la mirada del mueble, no sin antes acabar de escudriñar escrupulosamente todos y cada uno de sus rincones con la obscenidad y falta de recato con la que un médico forense se sumerge en las profundidades de un cuerpo ajeno, y centré mi atención en Patricia y Amalia.

            Oí que Amalia le decía que pensaba pagarle 70.000 pesetas y Patricia tan sólo tendría que estar en la casa de nueve a tres, el tiempo suficiente para hacer las camas, limpiar toda la casa y planchar la ropa. De hacer la comida así como de la compra se encargaba ella. Tal y como dijo, esa era prácticamente la única distracción que aún le quedaba. El Domingo lo tendría libre. Pensé que no se trataba de un mal trato.

            Ellas siguieron hablando del trabajo y, poco después, Amalia se empecinó en que tomásemos un café y en que probásemos unos dulces de bizcocho y unos borrachuelos que ella misma había preparado. Al principio, rechazamos cortésmente el ofrecimiento pero la pobre mujer insistió tanto que no nos quedó otro remedio que aceptar. Yo, después de haberme comido mi bocata -y medio del de Patricia- hacía un rato grande ya, estaba empezando a tener apetito de nuevo y, además, sentía una gran curiosidad por probar unos dulces y unos borrachuelos de elaboración casera.

            Cuando Amalia regresó de la cocina y estaba colocando la bandeja con los cafés y los dulces sobre la mesa, Patricia le preguntó si no le daba miedo vivir sola en una casa tan grande. Amalia, hacía tan sólo unos instantes, había hablado de hacer las camas, en plural, y a Patricia no solían escapársele ese tipo de detalles, así que yo estaba totalmente convencido de que le había formulado aquella pregunta, no porque pensase que Amalia vivía sola, sino para sonsacar solapadamente el tema y que Amalia le hablase acerca de quién más vivía con ella. Era mucho menos indiscreto preguntar eso que preguntarle directamente quién vivía con ella en la casa. Debo reconocer que mi chica era una auténtica maestra en lo que a discreción se refiere.

            -No vivo sola -respondió Amalia-, vivo con mi hijo Ezequiel. Pero, para el  caso, es lo mismo, porque él para poquísimo en casa. Como yo le suelo decir, a él seguro que nunca se le va a caer el techo encima. Este hijo mío está todo el santo día fuera, vagando por esas calles de Dios en las que no se aprende nada bueno. No quiere estudiar, no quiere trabajar; el día menos pensado, este Ezequiel de mis entrañas me va a matar de un disgusto.

            Amalia no dijo nada más acerca de Ezequiel; rápidamente, cambió de tema e instó a Patricia a que le hablara acerca de sus habilidades domésticas. Yo cogí un borrachuelo, le di un bocado y  luego le di un largo sorbo al café. Ambos estaban deliciosos. Inmediatamente después, eché un vistazo a mí alrededor para ver si veía a Ezequiel por alguna parte, estaba seguro de que no debía de andar muy lejos. Me refiero a que todas las madres tienen fotos de sus hijos esparcidas por todos los rincones de la casa.

            Fue entonces cuando me fijé por primera vez desde que entrara  al salón en aquel pequeño marco plateado colocado sobre la mesita redonda que había a mi derecha. En la mesita, cubierta por un pañito de croché de color turquesa, sólo había dos cosas: una era el marco plateado con la fotografía, y la otra, una lamparita con el brazo de madera tallada.

            En la fotografía aparecía la cara de un chico joven, de facciones muy finas y estilizadas, como las de una chica; calculé que debía tener unos veintidós años. Tenía el pelo muy negro, casi del color del tizne, y muy corto, como si la foto se la hubiesen tomado mientras se encontraba haciendo el servicio militar.

            Mientras tanto, Patricia y Amalia continuaban con su dinámica e insaciable cháchara. Ambas hablaban y se reían -inmejorable cocktail sin duda. Se pasaron así casi todo el rato. No hacía falta ser ningún lince para darse cuenta de que habían hecho muy buenas migas.

            Volví a mirar la foto con el mismo escrupuloso detenimiento con el que, un rato antes, había escudriñado el gigantesco mueble de madera y había hurgado sigiloso entre sus múltiples dependen­cias y creí oír algo que Patricia le decía a Amalia acerca de la velocidad con la que podía dejar lisos como una pista de patinaje un puñado de pantalones y de camisas. Eso era algo de lo que yo podía dar fe.

            Miré los ojos de Amalia y miré los del joven de pelo corto y tiznado que aparecía en la fotografía, y entonces no me quedó la menor duda de que se trataba de Ezequiel, su hijo, porque sus ojos eran igual de grandes, igual de oscuros e igual de profundos que los de ella.              

 

            La primera vez que vi a Ezequiel en persona fue aproximada­mente dos semanas después de que Patricia comenzase a trabajar en su casa. Ese día, yo había terminado un poco antes el turno en la gasolinera y me acerqué a recogerla dando un paseo. Desde la gasolinera hasta la casa de Amalia, se echaban unos quince minutos caminando, sin necesidad de tener que forzar mucho el paso.

            Desde lejos, conforme me iba aproximando a la casa caminando sosegadamente, pude verle. Ezequiel estaba sentado sobre las dos patas traseras de una silla cuyo respaldo descansaba contra la grisácea fachada de la casa. En su mano izquierda sujetaba un grueso libro semicerrado, separando sus páginas con el dedo pulgar. Con los dedos pulgar y anular de la otra mano, se masajeó los párpados haciendo círculos varias veces seguidas.

            Cuando llegué a la altura de la puerta, y antes de que le dirigiese la palabra, Ezequiel me miró frunciendo el ceño y su frente se pobló repentinamente de delgadísimas arrugas; supongo que debió de pensar que yo era uno de esos vendedores que van por ahí, de puerta en puerta, perturbando la tranquilidad de los hogares ajenos. Nos miramos mutuamente, igual que si fuésemos dos púgiles que sopesan concienzudamente la fortaleza de su contrincante antes de comenzar a intercambiar golpes,  y fue entonces, por primera vez, cuando experimenté esa sensación de vacío: como cuando arrojas una piedra al fondo de un pozo hondo y oscuro y aguardas unos segundos a oír el sonido de su golpe contra el agua.

            -Hola, buenas tardes. Soy Alfonso, el novio de Patricia. He venido a recogerla. ¿Ella está dentro, verdad?

            Hablar con extraños nunca se me ha dado demasiado bien. Me pongo nervioso y tengo la atosigante sensación de que no hago más que meter la pata y proferir estupideces.

            -Encantado, yo me llamo Ezequiel. -Alargó el brazo sin abandonar su casi acrobática posición y me estrechó la mano-. Patricia ya debe de estar a punto de salir pero llámala si quieres. Seguidamente, Ezequiel volvió a clavar los ojos en las páginas de aquel libro que ahora mantenía abierto en torno a su mediación.

            Justo cuando me disponía a llamar al timbre, la puerta robusta de la casa mata se abrió y el delicado cuerpo de Patricia emergió bruscamente de la oscuridad del pasillo. Ella me miró sorprendida y me besó.

            -Parece como si hubieses visto un fantasma- le dije.

            -Es que no me esperaba encontrarte aquí ahora y mucho menos así de sopetón.

            Yo la agarré de la mano, y ella, con la mano que le quedaba libre, tiró hacia sí del pomo de la puerta hasta que se oyó el golpe seco de ésta contra el magullado marco. Luego nos despedimos de Ezequiel quien levantó por un momento la cabeza de las páginas del libro para correspondernos con un leve movimiento de cejas: las delgadas arrugas de su frente, que ya habían desaparecido del todo, volvieron a recalcarse de nuevo, como si se tratase de arena de la playa que aparece aquí o allá por el puro antojo del viento.

            Mientras caminábamos alejándonos de la casa de Ezequiel, noté el golpe frío de unas cuantas gotas de lluvia. Miré hacia el suelo y vi como la acera iba quedando cubierta velozmente por un ejército desmesurado de pequeñas manchitas oscuras. Luego volví hacia atrás la cabeza y comprobé que Ezequiel ya no estaba. Tan sólo un par de minutos más tarde, no quedaba ya ni una diminuta porción de suelo seco. Tan sólo había una grande y resbaladiza alfombra de agua que cubría la totalidad de la calle.

            Miré hacia la carretera y vi como las luces de los coches se reflejaban en el asfalto, igual que si estuviesen circulando por una carretera hecha con trozos de espejo. Cuando llegamos al bloque de Patricia nos metimos en el portal; estábamos un poco mojados.

            Una vez dentro, Patricia encendió un cigarrillo. Fuera, el gigantesco telón de agua no parecía tener la más mínima intención de abrirse.

            -¿Qué vamos a hacer esta tarde? -Le pregunté.

            -Me apetece estar en un sitio tranquilo, charlando un rato. ¿Qué tal si vamos a una tetería del centro?

            -Me parece una idea estupenda -le contesté-, podemos tomarnos un té y después podemos ir al cine a ver alguna peli.

            -Vale, dónde quedamos. -Patricia abrió la puerta del bloque y tiró el cigarro prácticamente entero a la calle.

            -En la puerta del Teatro Cervantes a las seis, y vamos a la tetería Doce Lunas que está al lado.

            Patricia me preguntó que si quería que me bajase un paraguas. Le dije que no hacía falta. Nos despedimos y yo cogí el autobús para irme a mi casa. Estaba ahorrando para comprarme un coche, pero, mientras tanto, no me quedaba otro remedio que ejercitar los gemelos o coger autobuses.

            Esa tarde fuimos a la tetería Doce Lunas y nos sentamos en una mesa situada en uno de los rincones, al fondo del local.

            Aquella era la zona más oscura de la tetería así que, cuando Patricia encendió la vela con el mechero, nuestros jóvenes rostros se iluminaron.

 

 

 

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