SINOPSIS

 

La Extravagancia es una obra de ficción biográfica que documenta la vida de los escritores Leo Romance y Ana Couteau. Fundadores del extravagantismo, vivieron sus últimos años conforme a los postulados de este movimiento basado en un aislamiento radical y una dedicación exclusiva a la creación literaria. La biografía, escrita por Alejandro Heintzman, reconstruye la vida de estos autores de culto valiéndose de materiales tan dispares como entrevistas, archivos de ordenador, diálogos, correos electrónicos y fragmentos de sus libros.

 

El resultado muestra la relación entre Leo, un joven funcionario que por las tardes regenta una librería de segunda mano, y Ana, la cual trabaja en una papelería. Ambos tendrán que conocerse para atreverse a abandonar paulatinamente una realidad cotidiana de trabajo y obligaciones hasta convertirla en la proyección de sus mentes creativas.

 

Con una atmósfera inspirada en el cine de la Nouvelle Vague y cierta estética naif, La Extravagancia es ante todo una historia acerca de la pasión por la escritura y la imposibilidad de establecer una línea fronteriza clara entre la literatura y la vida.

 

 

PRIMERAS PÁGINAS

 

Prefacio

 

El presente libro trata de documentar la vida de los escritores Leo Romance y Ana Couteau. Se ha especulado mucho en los últimos tiempos acerca de sus vidas y acerca del movimiento literario que lideraron y que ellos siempre percibieron como una invención un tanto divertida e irónica. Recientemente, se han multiplicado las tesis y los artículos que pretenden acercarse a sus biografías. La mayor parte de estos escritos, además de no estar suficientemente contrastados, acostumbran a poner el acento en los aspectos más morbosos y tórridos de sus vidas de manera que se intuye, por éste y otros motivos, el carácter sensacionalista (y me atrevería a decir que incluso un tanto oportunista) de los mismos. Aunque, en no pocas ocasiones, también advierto la admiración casi mitómana como inspiración última de algunas de estas incursiones en sus biografías. Por otro lado (y esto me parece aún más preocupante) también son muchos los que, de un tiempo acá, afirman escribir bajo los postulados de ese supuesto movimiento literario que Leo y Ana abanderaron, postulados los cuales aún no han quedado lo suficientemente claros. Todos los datos biográficos que se recogen en el presente volumen son el resultado de una rigurosa investigación y de un escrutinio pormenorizado del legado que dejaron, el cual relacionaremos a posteriori a modo de inventario. También se recoge un resumen de la entrevista que Leo y Ana concedieron a la prestigiosa REVISTA MONOTEMA (Nº 113) en cuya portada ambos aparecían de perfil como si estuviesen siendo sometidos a una rueda de reconocimiento.

 

La mayoría de sus obras fueron concebidas durante los años 2009 y 2010, período durante el cual permanecieron prácticamente aislados del mundo después del desafortunado incidente en la Sala 7 que tuvo lugar en las navidades del 2008 y que el crítico Andrés Gómez identifica –a mi modo de ver acertadamente– como el verdadero motor creativo de los dos jóvenes: algo así como el BIG BANG DEL EXTRAVAGANTISMO. Andrés Gómez escribe: A partir de aquel incidente en la Sala 7, se aislaron del mundo, y encontraron en la gestación compulsiva de realidades alternativas por medio de la escritura la única terapia que verdaderamente les aliviaba: y de ese particular y voluntario encerramiento surgieron obras como El sueño de Jane o El director de orquesta del cielo. Como apunta el crítico salmantino, mientras compartían el alquiler de aquel ático desvencijado y antihigiénico con un puñado de pájaros, fue cuando escribieron la mayor parte de las obras que conforman su bibliografía.

 

El presente libro es una suerte de híbrido difícilmente clasificable ya que se sitúa a caballo entre la biografía propiamente dicha, la ficción, y el género ensayístico. En cualquier caso, creo conveniente apostillar que, el recurso a la ficción, sólo ha sido empleado en aquellos casos en los que me he tropezado con alguna laguna que he considerado imprescindible cubrir en beneficio de la comprensión y del más adecuado curso narrativo de la obra como totalidad. Para finalizar con este prefacio diré que lo que me autoriza como biógrafo de ambos –y lo que por tanto termina diferenciando este análisis de cualquier otro– es que les conocí y les traté personalmente hasta casi el final de sus días. Por tanto, este libro es también un homenaje y con él pretendo que se haga un poco de justicia. Insisto en que, casi todo lo que he leído acerca de ellos hasta la fecha, presenta el perfil de dos jóvenes un tanto irresponsables y excéntricos que prácticamente perdieron el juicio y que estaban más interesados en llamar la atención que en escribir obras de calidad. Y no hay nada más lejos de la realidad. Si hay algo que verdaderamente les movía era la literatura con mayúsculas: la práctica de la escritura entendida casi como una cuestión de vida o muerte, como una religión que, a diferencia de las que habían conocido hasta entonces, era tangible y podía salvarles. Leo y Ana, fundamentalmente, eran animales literarios: animales en vía de extinción. Y ésa fue precisamente la razón por la que nunca supieron establecer una línea divisoria precisa entre la literatura y la vida. Otra cosa que se suele afirmar con demasiada ligereza es que ellos fundaron un movimiento. Como contaré a su debido momento, todo surgió a raíz de una broma y comenzó a crecer como una bola de nieve que rueda ladera abajo. Ignoro si Leo y Ana habrían aprobado la publicación de este volumen en vida. Quiero pensar que sí pero, por otra parte, sé que en el fondo lo que menos les interesaba era la notoriedad. Aún así insisto en que ya que todo el mundo está opinando acerca de ellos, al menos creía imprescindible la publicación de un libro que lo hiciera con total conocimiento de causa.

 

Al final del libro, he decidido incluir un pequeño fragmento de la obra más representativa de cada uno ya que, a mi modo de ver, la mejor manera –o quizá la única– de conocerles verdaderamente era a través de su escritura. Asimismo, he incluido algunas de las muchas conversaciones que, en los inicios, mantuvieron a través del correo electrónico. Este último material ha sido también incorporado con la única finalidad de arrojar luz acerca de la particular y estrecha relación que ambos mantuvieron desde el primer momento, quedando excluido cualquier fragmento de carácter eminentemente íntimo o que pudiera carecer de interés más allá de lo puramente morboso. Estos correos refuerzan, quizá más que ningún otro material existente, la afirmación de que cada uno encontró en el otro un grado de conexión que jamás habían experimentado con ninguna otra persona.

 

Alejandro Heintzman.

Málaga, enero del 2015.

 

 

 

EN UN CIELO CON DOS MIL AÑOS DE VACÍO

I

 

Leo es un joven funcionario que durante las mañanas trabaja en la ventanilla de una oficina del PATRONATO DE RECAUDACIÓN PROVINCIAL DE MÁLAGA y que, gracias a su trabajo, mantiene un contacto diario con contribuyentes de todas las edades y de todos los estratos sociales, lo cual le permite penetrar en la sala de máquinas del Estado del bienestar, estar perfectamente familiarizado con la óptica del ciudadano de a pie: del sujeto pasivo, del contribuyente, que, aparentemente, tiene muchos derechos pero que, en el fondo, lo que mayormente tiene son obligaciones. A su oficina acuden jóvenes a pagar multas, ancianos a pedir recibos de agua o a solicitar bonificaciones por ser pensionistas, van parados que necesitan aplazar deudas, parejas recién divorciadas que necesitan presentar la escritura de extinción de condominio para separarse (no sólo sentimentalmente sino también desde el punto de vista tributario), van jóvenes que no han podido hacer frente a sus hipotecas y se han visto obligados a entregar sus casas al banco como dación en pago, acuden promotores, gestores, y un largo etcétera. Podemos decir que todo el mundo tiene que pasar por su oficina al menos alguna vez porque todo el mundo contribuye –de una u otra forma– a que la maquinaria del sistema no se detenga.

          Pero Leo es ante todo un chico de su tiempo. Leo nació en el año 1975 y pertenece, por tanto, a esa generación de jóvenes que vinieron al mundo al tiempo que fallecía la Dictadura. Por las tardes regenta una librería de segunda mano y se pasa casi todo el rato allí dentro leyendo los libros que no vende o escribiendo poesía. Esto lleva a muchos a pensar que vive una especie de doble vida. Los que le conocen solamente por su trabajo en la oficina del Patronato de recaudación, no pueden evitar asombrarse cuando le ven en otro contexto, luciendo otra indumentaria más moderna y desaliñada, y descubren sus verdaderas aficiones. Y, al contrario, los que le conocen por su trabajo en la librería se extrañan al tropezarse con él al otro lado del mostrador de la oficina, o al ser informados de que trabaja con algo tan aparentemente antipoético como las tasas y los impuestos. Pero ambos mundos son perfectamente compatibles y Leo es Leo en estado puro esté domiciliando un recibo o recitando un poema. Leo opina que esta aparente contradicción es una de las esencias del sistema que le ha visto nacer, del convulso y complejo tiempo que le ha tocado vivir. No es ningún descubrimiento digno de mención afirmar a estas alturas que El Capitalismo es un sistema lleno de contradicciones y, como acostumbra a decir Leo, también de contraindicaciones. Él opina que sus predecesores debieran haber leído bien el prospecto antes de usarlo.

 

II

 

Se encontraban en la azotea del ático. Había muchas estrellas. Parecía como si alguien las hubiese pintado. Ana dijo:

         –He escrito una historia, una historia según la cual nos conocimos de un modo distinto. Tú no viniste a mi papelería y yo no te regalé una bola del mundo. Al principio, nada sucede en mi historia como verdaderamente ha sucedido. Pero la esencia es la misma y, a partir de cierto punto, todo comienza a ser igual. Intercambiamos correos y vamos al cine todos los días y yo te hablo de mis corazones de papel. Tú terminas regalándome a John Keats y bebemos vino hasta altas horas de la madrugada. Conducimos con tu motocicleta hasta los campos de trigo y tú disparas a los tractores imitando con tu mano la forma de una pistola. Por descontado, el casco casi siempre lo llevas puesto, ese casco antiguo con las gafas incorporadas que te hacen parecer un piloto. Hablamos de los libros que más te gustan y del poder de la literatura para transportarnos a otros mundos. Te obsesionas con esos cuadernos de escritura con los que, según tú, vuelves a educar tu caligrafía. Nuestras vidas terminan cruzándose con las de aquellos tres chicos en la Sala 7 mientras proyectaban aquella película cuyo título quedó sepultado en lo más hondo de nuestra memoria para siempre. Me hablas de los caballos que vuelan como el viento y, a partir de ese día, yo no puedo dejar de pensar en ellos. Finalmente descubrimos Nuestro Gran Secreto. Por descontado, en mi historia, la escritura también está en el epicentro de todo. Dejamos de vivir la vida y nos dispusimos a escribirla: como si los dos tuviésemos una máquina de escribir escondida en el pecho y el latido de nuestros corazones dependiera de sus teclas.  

          –¿Y se puede saber cómo nos conocemos en esa historia que te has inventado? –le pidió Leo.

          –Verás, es muy sencillo; todo tiene que ver con los autobuses. Tú estás aguardando el último autobús en la parada que hay justo enfrente de la librería Luces. No hay nadie más, estás solo. Entonces llega el autobús. Te subes y, justo cuando el conductor te saluda, le pones en la nariz un pañuelo impregnado en cloroformo. En cuestión de segundos, el hombre pierde la conciencia. Entonces lo levantas del asiento y lo acomodas en uno de los asientos traseros con la cabeza apoyada contra el cristal, como si fuese un pasajero más que se ha quedado dormido. Tú ocupas su lugar al volante, cierras la puerta, y te pones en marcha. Dentro de tus planes no está detener el autobús en ninguna parada ni recoger a nadie. Solamente quieres conducir un rato. Pero de repente ves a aquella chica en la parada y no puedes evitar escorarte un poco hacia la derecha y detener el autobús. Esa chica soy yo. Me subo y me siento justo al lado del conductor que continua inconsciente. Apenas le miro. Tú reinicias la marcha y, al poco rato, me doy cuenta de que no estás siguiendo el itinerario propio de esa línea. Entonces me levanto. Te digo: ¿Dónde se supone que te diriges? Cojo este autobús cada día y éste no es su itinerario. Me respondes: Ha habido algunos cambios. Te recrimino: Detente ahora mismo si no quieres que llame a la policía. Tú detienes el autobús y yo me bajo. Te bajas detrás de mí. Confiesas: Está bien, está bien, yo no soy el conductor. He secuestrado el autobús. El conductor es el hombre junto al que te sentaste. Te digo: Estás loco. Te defiendes: No lo estoy; créeme, sencillamente quería conducir un autobús. Puedo llevarte a tu casa. Esta noche este autobús de línea tiene una parada justo delante de la puerta de tu casa. Finalmente yo accedo. Veo en tus ojos que no mientes, que no eres mal chico. Volvemos a subir. Me preguntas donde vivo y yo te digo cerca de la playa. Entonces, me siento justo detrás de ti y tú empiezas a conducir camino de la playa. ¿Pero qué playa? Yo no he especificado ninguna pero a ti tampoco parece importarte demasiado. Simplemente conduces hacia el mar porque entiendo que intuyes que cualquier playa puede ser un buen hogar. Finalmente, los dos nadamos y nos reímos en un mar negro como el abismo. Y así fue como nos conocimos. O así es como nos conocemos dentro de mi historia.

 

III

 

Estaban en los Baños del Carmen, sentados en el desvencijado muro que hace las veces de débil barrera entre la tierra firme y el mar, cuando Leo le recita a Ana un poema del libro Los Sea Harrier en el firmamento de eclipses de Diego Maquieira, más específicamente uno titulado En un cielo con dos mil años de vacío. Luego discuten un rato acerca de temas dispares. Leo estaba convencido de que, después de que Eduardo Mendoza afirmase que Kafka era un mal novelista porque empezaba sus libros por el final, era imposible hablar de una percepción objetiva y consensuada de la literatura en particular y del arte en general. Le preocupaba verdaderamente el hecho de que, a diferencia de lo que sucede con, por ejemplo, la práctica deportiva, el nivel de excelencia literario no pudiese ser mensurado objetivamente sin la potencial interferencia de subjetividades irrefutables. En una ocasión dijo: No se puede afirmar quién es actualmente el mejor escritor del mundo o al menos no puede afirmarse del mismo modo que puede afirmarse quién es el mejor tenista o el mejor piloto de Fórmula 1. Otra cosa es que te pueda gustar más el estilo de otro deportista, a pesar de que sus resultados mensurables matemáticamente sean peores, pero, en cualquier caso, en esos otros terrenos, el amiguismo, la subjetividad, y la ignorancia no tienen cabida ya que mandan los números y las plusmarcas.

          Se les hace de noche. Abandonan el antiguo balneario y, antes de coger la moto, deciden dar un paseo. En una entrevista que le hicieron a Julio Cortázar en París –y que Ana y Leo solían reproducir en YOUTUBE hasta la saciedad– el escritor argentino habla acerca de las sensaciones que experimentaba al pasear por ciudades como París o Buenos Aires durante la noche. Experimentaba lo que los surrealistas denominaban Una situación privilegiada. En la misma entrevista, Cortázar habla del modo en que su percepción del tiempo varía cuando viaja en metro. Ana y Leo se acordaban de Julio Cortázar cada vez que paseaban por la ciudad durante la noche. Deshacen el camino. Cogen la moto. Recorren el trayecto de vuelta en silencio, dejando simplemente que la brisa les zarandee el pelo.

 

 

Copyright © 2020 Francisco Daniel Medina