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PRÓLOGO

 

Hace sólo unos meses que me presentaron a Francisco Daniel Medina, aunque tengo el honor de haber tratado desde hace años con su fantasma. Amigos, conocidos y camareros (esos conocidos que se convierten en amigos los viernes por la noche) me hablaban de un hombre con quien consideraban que tenía mucho en común, tanto que les resultaba extraño no habernos visto nunca juntos. Francisco Daniel siempre acababa de abandonar el local cuando yo entraba en él, o había estado allí el día anterior, ocupando el mismo lugar en la barra que yo ocupaba en ese momento. En apariencia transitábamos los mismos espacios, pero sin llegar a coincidir, como si viviéramos en dimensiones paralelas.

         Inevitablemente, y digan lo que digan las leyes de la Física al respecto, habíamos de terminar encontrándonos. Ocurrió por primera vez, si no me equivoco, en un bar en el que él había sido invitado a pinchar discos, y semanas después en una habitación de hotel. Hay que aclarar que dentro de la misma había al menos treinta personas, todas vestidas, y que estaban allí con motivo de un heterodoxo concierto acústico de Modo Bélica, el grupo en el que Francisco Daniel canta, compone y toca la guitarra. Yo ya sabía entonces que él era un experimentado músico y un avezado novelista, pero fue precisamente después de ese evento cuando fui informado del irreversible estado de gestación en el que se encontraba éste su primer libro de poemas, el cual tengo el honor de prologar, y sobre el que, por lo tanto, paso a decir unas pocas palabras antes de que ustedes se den al solitario placer de leerlo. Hasta aquí, lo que voy a contar del autor. Desde aquí, hablaremos del poemario, algo que, en el caso que nos ocupa, no es sino otra forma más profunda de hablar del autor mismo.

         Errará quien, una vez puesto al corriente de los sólidos antecedentes de Francisco Daniel Medina, crea que El arte de derribar aviones es el poemario de un músico o el de un prosista, aunque la presencia de ambos pueda adivinarse tras los textos que lo integran. Si la música y las historias se filtran (discretísimamente) entre sus páginas, siempre lo hacen de manera oportuna y sin imposturas ni poses. No nos encontramos ante la acostumbrada incursión del artista que cultiva un determinado modo de expresión en los territorios limítrofes con éste, sino frente a una exploración honesta y plena de un género en el que Medina demuestra estar curtido. Hay oficio de poeta detrás de las palabras de El arte de derribar aviones, y el resto de los oficios del autor no interfieren con él ni fagocitan sus frutos, más bien al contrario. Si en los poemas del libro que nos ocupa detectamos cierta narratividad, ésta será una narratividad justificada e indispensable para llegar a la poesía, y si hallamos muy ocasionales referencias pop, éstas vendrán a enriquecer el libro y nunca a adornarlo con superfluos pósteres de habitación de adolescente, y aparecerán con la natu- ralidad y la franqueza que les confiere e imprime el formar parte del universo vital de Francisco Daniel, que coincide, poco más o menos, con el nuestro.

         Es El arte de derribar aviones un libro maduro en el que suena una voz auténtica y reconocible pese a su juventud. Algo, por otra parte, poco usual en la primera incursión de un escritor en el género. De sus páginas saltan imágenes de una fuerza inaudita, como la de esos planetas gigantes en un bol de cereales de Autorretrato, la de ese hombre que se adentra en el corazón de El bosque disfrazado de oso (una metáfora mayúscula del hecho psiquiátrico) o la de ese Muñeco de nieve que a la fuerza había de estar constipado. Imágenes que Medina emplea para construir poesía pero también para hilar un discurso intelectual, casi diría uno que ético. En las páginas de El arte de derribar aviones hay grandes cantidades de pensamiento: la lírica de Francisco Daniel es, creo, eminentemente reflexiva, y nace de la con- traposición de un Yo perplejo con una Realidad llena de fisuras inverosímiles, que su mirada descubre y escruta. De la constatación del hecho nace la asunción de una actitud: no hay desencanto en este poemario, sino (aún) cierto espíritu combativo, una esperanza de poder arreglar las cosas, a la que nos aferramos aunque somos conscientes de que no las tenemos todas con nosotros. Así, como reza otro de los textos centrales del volumen (el que, de manera indirecta y feliz, le da título): disparamos flechas al cielo para ahuyentar las plagas. Y uso el plural porque, inevitablemente, a medida que pasa las hojas, el lector se va convirtiendo en confidente de las digresiones de Francisco Daniel y en cómplice de sus planes, como si en lugar de encontrarse ante el libro estuviera sentado junto al mismo autor, con el arco en mano y los proyectiles arracimados en el carcaj, mirando el cielo y esperando ver algún avión enemigo y goliatesco, engreído integrante de esa plaga artificial y bom- bardera con que el hombre castiga al propio hombre. Un avión que, todavía, creemos ser capaces de derribar de un solo y certero tiro.

 

 

Camilo de Ory

 

 

 

(POEMA INCLUIDO EN EL LIBRO)
 

 

La conciencia de las moscas

 

(Accésit I Premio internacional de Poesía Addison de Witt)

 

ENFERMAN las décadas, con la lentitud

con la que el cambio climático asesina

costumbres. Otro historiador y su versión

de los hechos: necesito una máquina

del tiempo.

 

Los peces japoneses y su estigma. Asumir

que las aves desconfían de los portaviones. Entender

que todos los ríos, son ríos suicidas. Habitamos como

cortes de luz, entre la gracia y la gangrena.

 

Montaremos una banda de rock cuando muera

Paul McCartney. Y correremos como impalas que no

quieren ser domesticados. Nadaré hasta ti con una

condición: [que la lava del volcán sea azul].

 

Las nubes disciplinadas. Y yo cada vez más convencido

de que ser chino no puede ser divertido. Nos gusta Nietzche

porque dijo que los hombres malos no tienen canciones.

 

Mi tesis: si las fronteras son artificiales,

todas las guerras son guerras mundiales. Tu tesis:

tanta metaliteratura les da la razón a (aquellos) que opinan

que no tenemos nada nuevo que contar.

 

He dejado de ir al cine. No soporto

compartir tanta intimidad con tanta gente.

 

Solamente vuelan los caballos persas, ¿lo sabíais? Tengo algunas

teorías irrefutables; a saber: “ENTRE CADA DOS LATIDOS

DEL CORAZÓN SE ESCONDE UN CADÁVER”.

 

En los aeropuertos, el destino está en manos de los halcones. Y tal vez

una de las principales diferencias sea que, antes, los aviones

no volaban tan alto. Un trato: te cambio a Paul McCartney

por Budy Holly.

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